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Pedro Figari

Pedro Figari

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No es posible disociar los contenidos ni el estilo pictórico de Pedro Figari (Montevideo 1861-1938) de las demás facetas que nutren su accionar político y su pensamiento creativo.

Nunca se insistirá demasiado en el carácter integral de sus vocaciones, carácter que da forma también, con una extraordinaria coherencia, a su vasta producción intelectual relacionada al arte, ya se desarrolle ésta en la rama literaria, en la pictórica o en el campo de la reflexión estética y la formación artístico-industrial.

La pintura no es más que un capítulo, brillante sin duda, en el copioso libro de su vida, cuyas páginas están escritas con éxitos profesionales, pero también con fracasos públicos y desconciertos ante la indiferencia de sus pares.

Varias décadas antes de que el pintor destaque con su encendida paleta, el joven abogado deberá resolver “el crimen de la calle Chaná” (1895-1899) y al hacerlo se colocará del lado del inculpado y en contra del sentir público general, desanudando una complicada trama de falsos testimonios y de engaños políticos.

Por otra parte, la actuación de Figari como diputado, fundador del periódico “El deber” y su esmerada pluma como articulista, serán determinantes para la aprobación de la ley abolicionista de la pena de muerte de 1907.

El extenso tratado filosófico Arte, Estética e Ideal de 1912 y los varios proyectos educativos que busca llevar a cabo, en especial al frente de la Escuela de Artes y Oficios (1915-1917) lo colocan a la vanguardia de los emprendimientos pedagógicos y de las reflexiones estéticas del continente.

Su relativo fracaso –tras la desaprobación del plan de reformas en dicha institución– lo empujará a la dedicación casi exclusiva de la pintura.

Pedro Figari en Buenos Aires en 1924

A partir de los 60 años de edad, en pleno exilio voluntario primero en Buenos Aires y luego en París, desarrollará una pintura que resume su concepción de vida.

En poco más de quince años habrá ejecutado cerca de 4000 cartones y dibujos, en los cuales el gaucho, el esclavo africano y sus descendientes son figuras clave de una nueva expresión que revaloriza la historia local y americana en el proceso “civilizatorio” de la modernidad. En todas sus expresiones y actos subyace un hondo sentido humanista, que será la marca también de su prosa ficcional (varios cuentos y la utopía novelada Historia Kiria de 1930) y de su obra poética (El Arquitecto de 1928).

 

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